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Tiro de gracia: Firmante de paz dirige mensaje al presidente

Liliana Esther Valencia Tafur / 21-09-26​​​

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Firmante de paz Liliana Esther Valencia Tafur denuncia en mensaje al presidente de la república que la desfinanciación de la reincorporación y de programas de salud, deporte y cultura está asfixiando el pacto de paz con Colombia.

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Imagen generada con IA

Según la primera definición que arroja una búsqueda rápida en Google, el tiro de gracia “es un disparo de arma de fuego que se aplica a una persona o animal herido mortalmente para terminar con su vida de forma rápida y evitarle una larga agonía”.


La expresión se refiere a un golpe de misericordia. Proviene del francés coup de grâce y se asocia con aquellas prácticas de los campos de batalla medievales en las que se remataba a los soldados heridos que se consideraban sin posibilidad de salvación.


En Colombia, más de 11.000 firmantes del Acuerdo de Paz continúan sosteniendo, nueve años después de la firma, el compromiso que hicieron con la paz, con la vida civil y con el futuro del país. La propia institucionalidad reconoce que la reincorporación es una condición fundamental para consolidar una paz duradera.
Pero hoy algunos de nosotros volvemos a sentirnos como soldados heridos, no porque hayamos vuelto a las armas. Precisamente porque no queremos volver a ellas.


Como parte de este grupo de personas, y hablando esta vez en primera persona, debo decir que más allá de las dificultades y decisiones que afectan la financiación de la reincorporación, hoy me siento herida y sin salvación como ciudadana civil. 
Se cierran puertas, junto con la Reincorporación, la salud, el deporte, la cultura y hasta la lejana esperanza de una pensión que debería significar protección y no incertidumbre.


Por eso quiero decirle al presidente: 
Mire de frente a quienes estamos aquí. No estamos escondidos, conspirando o preparándonos para una guerra. Estamos viviendo, amando, teniendo hijos, estamos trabajando, estamos estudiando, creando.
Intentando construir país con las pocas herramientas que tenemos. No es necesario gastar tanto dinero público persiguiendo a quienes decidimos entrar a la sociedad con dignidad, amor y respeto, cumpliendo el pacto que hicimos con Colombia.


Lo verdaderamente peligroso para un país no es que quienes dejaron las armas quieran vivir. Lo peligroso es que quienes escogieron la vida empiecen a perder las razones para creer en ella y los que siguen en el monte olviden que es posible una salida negociada, que los conflictos se pueden resolver con altura, como caballeros. 
Porque cuando se desmontan o debilitan las oportunidades de reincorporación, y para la ciudadanía en general la salud se vuelve inaccesible, y de pronto el deporte, tan aclamado en campaña, deja de ser una herramienta de inclusión y prevención, junto con la cultura que bien nos ha sabido representar internacionalmente, pierden sus espacios y cuando la protección social se convierte en una incertidumbre, no solamente se está recortando un presupuesto, se está recortando futuro.


Y entonces aparece la pregunta que no quiero dejar de hacer: ¿qué país se está construyendo? Sólo lo he visto destruir y no entiendo un proyecto de país en el que se le quita esperanza al pueblo, se roba la presencia de las niñas o se dejan marchitar a propósito los sueños fértiles de la gente.


Se debilita ese remedio social que es el deporte para niños y jóvenes y mientras tanto, vuelve a crecer el espacio para la muerte. 


No quiero un país que vuelva a convencernos de que la guerra es más posible que la paz. Ni quiero que el Estado termine diciéndonos, con sus decisiones, que hicimos mal en creer, como lo está haciendo en este momento. Será que hicimos mal con estudiar, trabajar, con apostar por la vida civil. 


No nos pidan que creamos en la paz mientras desfinancian las condiciones que permiten sostenerla.
Tampoco quiero regresar a aquella lógica corrupta en la que cada vez que cambiaba un alcalde desaparecían los trabajadores porque el nuevo gobernante tenía que pagar favores políticos con los recursos públicos.
El dinero público no puede convertirse en moneda de pago de intereses particulares. En eso están convirtiendo Colombia. 


Mucho menos cuando hablamos del dinero destinado a la vida,por favor, que no se use el dinero de la vida para financiar la muerte. 


Señor presidente: si usted no sabe administrar este país, déjele el cargo a alguien que entienda que gobernar no consiste solamente en recortar, perseguir, señalar o castigar.


Gobernar también es hacer posible la vida.
Nosotros sabemos algo sobre eso. Somos personas que aprendimos a hacer maravillas con poco, las madres colombianas también saben bastante de eso. Hemos construido proyectos con presupuestos pequeños, hemos levantado comunidades con recursos mínimos, hemos convertido heridas en memoria, memoria en cultura y cultura en posibilidades de futuro.


Por eso quiero hablarle también desde mi fe. Yo también soy hija de Cristo Rey, pero no del Cristo que acribilla, ni del Cristo de la bala. No sé de dónde sacó usted ese Cristo, yo hablo del Hijo del Dios verdadero.
Del que multiplicó los panes y los peces, alimentó a quienes no tenían qué comer y estuvo al lado de los enfermos. El mismo Cristo que puso la vida humana por encima de la ley cuando la ley se convertía en instrumento de crueldad.


Si usted también se considera hijo de Dios, entonces haga lo que corresponde a quien tiene en sus manos el poder de administrar los recursos de una nación: multiplique los panes, las oportunidades, la educación.
Multiplique la salud, la cultura, el deporte y las posibilidades de vivir dignamente. Muéstrenos, con transparencia, bajo qué criterios se está desfinanciando aquello que sostiene la vida y bajo qué criterios se está priorizando el gasto público.


Porque nosotros no necesitamos un tiro de gracia. Necesitamos que dejen de dispararle a la esperanza, y aquí seguimos. Heridos, sí, cansados, también.

Pero vivos. Y mientras estemos vivos, vamos a preguntar y a recordar. 
Porque hicimos un pacto con Colombia para dejar la guerra. Y Colombia también hizo un pacto con nosotros: que la paz tuviera futuro.

 

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