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El desierto se bebe a Caicemapa, crónica desde el sur de La Guajira

Shiley Uriana Tocel. Resguardo Indígena Caicemapa 13-05-26

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CAICEMAPA

En el sur de La Guajira, a pocos kilómetros de la carretera que une Distracción con San Juan del César, el camino se vuelve polvo y silencio. Ahí, donde el paisaje se tiñe de ocre y la vegetación se rinde ante la aridez, se levanta el resguardo indígena de Caicemapa. Cuatro comunidades —Caimito, La Ceiba, Madre Vieja y El Paraíso—, algo más de 3.174 habitantes y una sola súplica que se repite como un eco: agua.


Pero no un simple chorro. Agua que pueda beberse, que pueda regar los cultivos, que no envenene lentamente. Agua, a secas.


Caicemapa es el último territorio indígena del sur del departamento, un rincón de la Alta Guajira encajado en el municipio de Distracción. Sus paisajes son desérticos. No por naturaleza, sino por decisión: metros antes del resguardo, el agua abunda para cultivar palma africana, algodón y arroz, regada por el distrito de riego de la represa El Cercado sobre el río Ranchería. Al cruzar la frontera invisible hacia Caicemapa, el líquido simplemente desaparece. No hay fuentes superficiales. Ni un jagüey, ni un arroyo. El sustento diario depende de pozos artesanales que los propios habitantes excavan con sus manos, con las herramientas que pueden pagar. El resultado: agua salada, turbia, no apta para el consumo humano.


“Desde que construyeron el acueducto, no hemos probado una sola gota de agua tratada”, denunció ante Radio Nacional el líder wayuu Nelson Uriana. El dato es escalofriante: el acueducto de Caicemapa tiene 12 años de haber sido construido y nunca entró en funcionamiento. Nunca. Los cuatro microacueductos que debían surtir a las comunidades se convirtieron en elefantes blancos, monumentos al abandono estatal, estructuras muertas que nadie reparó ni puso en marcha.


La vida se sostiene entonces con lo que la tierra —o más bien el subsuelo— puede dar. Extraen agua de pozos artesanales, pero esta no es apta para el consumo humano. Es agua cargada de minerales que enferman. “Estamos consumiendo agua de muy mala calidad, exponiéndonos a enfermedades como el cáncer y de los riñones”, dijo Uriana. Y la sed no solo quema la garganta: mata la agricultura, mata los animales, mata la posibilidad de sembrar.


El calentamiento global ha apretado aún más la soga. En las últimas décadas, las fuentes naturales de agua en el planeta han disminuido; en Caicemapa, directamente se secaron. La sequía extrema, sumada a inundaciones súbitas cuando finalmente llueve, es una doble condena. En octubre de 2022, una ola invernal arrasó con viviendas, animales y sembrados, dejando un rastro de barro y desolación que las autoridades locales prometieron reparar con maquinaria, pero la maquinaria se hundió en el lodo y nunca volvió.


Sin fuentes superficiales, sin acueducto funcional y con pozos que apenas calman la sed a medias, las comunidades enfrentan una paradoja cruel: el agua que necesitan para vivir es la misma que las está enfermando. La situación en Caicemapa es el síntoma más crudo de una crisis que recorre La Guajira. En 2025, el Instituto Nacional de Salud reportó más de 20.000 casos de desnutrición aguda en el departamento. En febrero de 2026, la Gobernación declaró la calamidad pública departamental, reconociendo que la falta de agua es un asunto de vida o muerte. Y la Corte Constitucional ha advertido que las comunidades wayuu enfrentan “una grave crisis humanitaria”, especialmente los niños y adolescentes.


Hay, sin embargo, un gesto de esperanza en medio de la sequía. En agosto de 2025, Corpoguajira inició un proyecto para mejorar los sistemas de abastecimiento en Caicemapa. La meta es construir tres pozos profundos que puedan garantizar agua para los cerca de 2.950 habitantes del resguardo. “Se implementará infraestructura destinada a la captación, almacenamiento y disposición del agua, garantizando un acceso constante y seguro al recurso”, explicó Samuel Lanao Robles, director de la Corporación. Las comunidades, que han aprendido a desconfiar de las promesas, serán parte de la operación y el mantenimiento. Porque en Caicemapa ya nadie cree en obras que se entregan y se abandonan.


El agua que finalmente llegue a Caicemapa será un alivio, al tiempo que una prueba de si esta vez el Estado cumple. Mientras tanto, en Caimito, La Ceiba, Madre Vieja y El Paraíso, la vida sigue pendiendo del hilo de un balde o de un pozo a medio hacer.

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