Perijá: El silencio de la montaña
Yesli Paola Hernández / La Guajira 15-04-26
En la Serranía del Perijá, el golpe seco de un árbol al caer ya no es noticia. La deforestación, los socavones mineros y la pérdida de memoria cultural están silenciando la Serranía del Perijá. Del lado colombiano, la montaña arde.

Foto. Vereda ‘’Las Colonias’’ Serranía del Perijá.
En la madrugada, cuando la neblina desciende como un manto espeso sobre la Serranía del Perijá, el sonido que rompe el silencio no es el canto de las aves, sino el golpe seco de un árbol al caer. Ese sonido, que antes era excepcional, hoy se ha vuelto parte de la rutina. Lo que ocurre en esta montaña no es un hecho aislado, ni reciente. Es el resultado de múltiples procesos que se han ido acumulando en el tiempo: la salida del conflicto armado, la expansión de nuevas economías, el abandono institucional y la presión creciente sobre los recursos naturales. Lo que sigue es el estado actual de esa transformación. La montaña se queda sin voz.
Nadie grita. Nadie corre. El ruido se pierde entre la montaña como si fuera parte natural del paisaje. Hace veinte años, dicen los viejos, ese sonido era raro. Hoy es rutina. Desde lo alto, la serranía parece una cicatriz partida en dos. Hacia el lado de Colombia, la vegetación se interrumpe en parches marrones, claros abiertos, humo reciente. Del otro lado, en Venezuela, la montaña permanece cerrada, más espesa, más húmeda, como si alguien la hubiera protegido con una mano invisible. La frontera no es solo política: es ecológica. Y esa diferencia, visible incluso en imágenes satelitales, es el síntoma de una transformación profunda que avanza sin control.
1. El vacío que dejó la guerra
En las últimas dos décadas, Colombia ha perdido millones de hectáreas de bosque. El IDEAM ha documentado cómo, solo entre 2016 y 2023, tras la firma del acuerdo de paz, la deforestación se disparó en varias regiones del país, especialmente en zonas donde antes había control territorial de actores armados. La Serranía del Perijá, aunque menos visible que la Amazonía, no ha sido la excepción. Aquí, donde durante años la guerra impuso sus propias reglas, la salida de las FARC dejó un vacío que no llenó el Estado, sino nuevas economías. “Ellos no dejaban tumbar así nomás”, dice un campesino que pide no revelar su nombre. Habla de los años en que la guerrilla regulaba la vida en la montaña. “Para tumbar había que pedir permiso o sembrar otro árbol, no dejaban acabarlo”.
Su relato coincide con múltiples investigaciones que han señalado un fenómeno incómodo: en algunos territorios, el control armado limitaba la expansión indiscriminada de la frontera agrícola. Porque la gente tenía miedo de sembrar extensivamente en zonas muy alejadas. Hoy, sin esa presencia, la montaña quedó desalojada de los enfrentamientos armados, pero expuesta. Y lo que llegó no fue la institucionalidad, sino la prisa por ocupar, sembrar, pero, sobre todo, explotar.
“La montaña es una bomba de tiempo”, dice un líder comunitario. No lo dice como metáfora. Porque el daño no es solo visible en los árboles. Es más profundo. Está en el agua. En varias comunidades de la serranía, una sola fuente hídrica abastece a decenas de familias. Un nacimiento de agua, una quebrada delgada, una vena que baja desde lo alto. Cuando esa fuente se reduce por deforestación, por sequía, por intervención, no hay plan B. Mujeres y niños caminan para llenar recipientes. El agua, que debería ser abundante en una montaña, se vuelve escasa.
La Defensoría del Pueblo ha advertido en distintas alertas tempranas sobre la vulnerabilidad de estas comunidades, donde el acceso a recursos básicos está mediado por el abandono estatal y la presión de actores ilegales. Sin embargo, las respuestas institucionales no alcanzan la magnitud del problema. Mientras tanto, la fauna desaparece en silencio. Los mayores recuerdan cuando era común ver conejos de monte, guartinajas, pavas, iguanas, armadillos. Hoy, encontrarlos es cada vez más difícil. La cacería, combinada con la pérdida de hábitat, ha reducido drásticamente las poblaciones. Estudios sobre biodiversidad en la región Caribe han señalado la Serranía del Perijá como un corredor biológico clave, con especies endémicas y ecosistemas únicos. Pero ese corredor se está fragmentando. No es solo una pérdida ecológica. Es cultural.
Para comunidades indígenas como el pueblo Wayuú, la montaña no es un recurso: es un ser vivo. Un territorio con espíritu, con memoria. La idea de que la naturaleza pueda ser sujeto de derechos –como ya ha ocurrido en Colombia con ríos y páramos– no les resulta extraña. Para ellos, siempre lo ha sido. Pero en la práctica, la serranía no tiene quien la defienda, pese a ser zona de reserva forestal. Los planes de desarrollo municipal, los informes de gestión, los proyectos anunciados desde alcaldías como la de Fonseca o desde la gobernación de La Guajira, hablan de reforestación, de sostenibilidad, de inversión ambiental. En documentos oficiales se registran cifras, hectáreas intervenidas, recursos ejecutados. Sin embargo, en terreno, esas acciones son difíciles de rastrear. Los árboles prometidos no siempre están. Las obras no siempre llegan. La brecha entre el papel y la montaña es amplia. Y en esa brecha, el bosque desaparece.
La Serranía del Perijá es un sistema vivo que conecta clima, agua, biodiversidad y cultura. Su degradación no es un problema local: es una amenaza regional. Las montañas regulan el agua, capturan carbono, sostienen vida. Cuando se deterioran, todo alrededor cambia. Y, sin embargo, su destrucción ocurre en silencio.
2. La herida que no cierra
La historia de la minería en la Serranía del Perijá no comienza con grandes máquinas ni con concesiones visibles en mapas oficiales. Comienza, casi siempre, con un hueco. Un hueco pequeño al principio. Un corte en la tierra que parece inofensivo. Un par de hombres con herramientas, una trocha recién abierta, un rumor que corre entre las veredas: “allá arriba encontraron material”. Nadie imagina entonces que ese primer corte puede convertirse, en cuestión de meses, en una herida abierta de más de 70 metros de ancho, más de 60 de largo y profundidades que superan los 50 metros, como ya ha ocurrido en explotaciones recientes en zonas cercanas. Huecos que no solo rompen la montaña, sino que alteran su estructura, su drenaje, su equilibrio.
El problema no es solo el tamaño. Es la velocidad. En el Perijá, la minería no avanza como en los grandes proyectos industriales, donde todo está delimitado y al menos en el papel regulado. Aquí avanza de manera dispersa, fragmentada, casi invisible. Un socavón en una vereda, otro más arriba, otro cruzando la línea de la frontera. Cada uno parece aislado, pero juntos configuran un patrón: la perforación progresiva de la montaña.
Las autoridades lo han documentado. En 2022, la autoridad ambiental regional intervino una explotación ilegal de barita en zona rural de Fonseca, ordenando la suspensión inmediata de actividades tras evidenciar socavones abiertos manualmente en plena serranía, una práctica que “atenta contra los recursos naturales”. No era un caso aislado. Era una señal. Dos años después, en 2024, la Fiscalía judicializó a seis personas por minería ilegal de carbón en la misma serranía. En apenas seis meses, dos socavones habían extraído cerca de 800 toneladas de material, generando rentas ilegales mensuales cercanas a los 400 millones de pesos y afectando fuentes hídricas como la quebrada Salatiel. Seis meses. Ochocientas toneladas. Dos huecos. La cifra es fría, pero detrás hay una transformación física del territorio: tierra removida, agua contaminada, cobertura vegetal eliminada. Y lo más inquietante es que esos casos que llegan a judicialización son apenas la superficie de un fenómeno mucho más amplio.
Porque la Serranía del Perijá no solo es un ecosistema estratégico. Es también un territorio rico en minerales. En sus entrañas hay carbón, cobre, barita, entre otros recursos que, en contextos de regulación débil, se convierten en una tentación permanente. La barita, por ejemplo, es utilizada en la perforación de pozos petroleros, en la industria del vidrio y en la fabricación de pinturas. El cobre, por su parte, es fundamental para la transición energética global. La montaña, en ese sentido, no es solo un paisaje. Es un depósito. Y esa condición la vuelve vulnerable. “Hay muchos intereses en este territorio: carbón, oro, petróleo. Y el agua”, ha advertido lideresas indígenas yukpa que durante años han denunciado los efectos acumulativos de la explotación sobre los ecosistemas y la vida comunitaria. Sus denuncias no son nuevas. Lo nuevo es la velocidad con la que esas advertencias comienzan a materializarse.
Cada hueco abierto en la montaña no es solo un punto de extracción. Es una alteración del sistema hídrico. Es una fractura en la estructura del suelo. Es una puerta de entrada para procesos de erosión que pueden extenderse mucho más allá del área intervenida. Cuando una excavación alcanza decenas de metros de profundidad, modifica la forma en que el agua circula. Las lluvias ya no siguen los mismos caminos. Las filtraciones cambian. Los nacederos pueden desaparecer o desplazarse. En una serranía donde ya hay comunidades dependiendo de una sola fuente hídrica, cualquier alteración adicional es crítica.
Pero la minería no llega sola. A su alrededor se activan otras dinámicas: apertura de vías improvisadas, llegada de nuevos actores, presión sobre la tierra, incremento de la cacería, expansión de cultivos para sostener la actividad. Es un efecto multiplicador que amplifica el impacto inicial. Lo que comienza como un hueco termina siendo un sistema de transformación territorial. Y en Perijá, ese sistema está creciendo. No hay un mapa oficial que lo muestre completo. No hay una cifra consolidada que capture su magnitud. Pero hay indicios, registros, denuncias. Hay comunidades que ven cómo las montañas cambian de forma. Hay quebradas que pierden caudal. Hay animales que dejan de aparecer.
La Corte Constitucional, en un fallo reciente, ordenó la consulta previa con el pueblo yukpa frente a proyectos mineros en la serranía, reconociendo no solo la afectación cultural, sino también los impactos sobre el territorio. Es un reconocimiento jurídico importante, pero también una señal de alerta: la presión extractiva no es hipotética. Es real, creciente, estructural. Y, sin embargo, en el terreno, la regulación sigue siendo insuficiente. La minería ilegal se adapta rápido. Se mueve, se fragmenta, se oculta. Cuando una intervención es detectada, otra ya está comenzando en otro punto. Es una lógica de dispersión que dificulta el control y que, al mismo tiempo, diluye la percepción del problema. No hay un gran cráter visible desde lejos, sino múltiples heridas pequeñas que, sumadas, están debilitando la montaña.
3. La memoria que se quema
Al caer la tarde, el humo vuelve a levantarse en uno de los claros abiertos. El árbol que cayó en la mañana ya no está. En su lugar queda tierra caliente, ceniza, espacio listo para ser ocupado. Nadie llegará a medir ese impacto. Nadie contará ese árbol en un informe. En la Serranía del Perijá, la montaña se está quedando sin voz. Y lo más grave no es que se esté perdiendo, sino que casi nadie la está escuchando.
La sensación de que el tiempo se agota no es una metáfora. Es una certeza que se mide en pasos más largos para encontrar agua, en jornadas más extensas para conseguir alimento, en silencios cada vez más densos donde antes había vida. Y también se mide en algo menos visible pero igual de determinante: la transformación cultural de quienes habitan la montaña. Hoy, en muchas veredas, ya no se siembra para sostener la vida, sino para responder a un mercado incierto.
El cacao, por ejemplo, ha llegado como promesa de desarrollo. Técnicos, proyectos, capacitaciones. Pero en el terreno, la historia es otra: familias que tumban bosque para sembrar, sin acompañamiento real, sin acceso garantizado a comercialización, sin asistencia técnica continua. El resultado es un círculo vicioso: se destruye para producir, pero la producción no alcanza para sostenerse.
A esto se suma la introducción de especies que alteran los ecosistemas. Pastos no nativos para ganadería, cultivos que desplazan flora local, prácticas agrícolas que empobrecen el suelo. En algunos sectores, incluso, se habla ya de suelos “cansados”. Tierras que producen menos, que requieren más insumos, que pierden su capacidad de regenerarse. Un fenómeno documentado por entidades como el IDEAM, que advierten sobre la degradación de suelos asociada a prácticas no sostenibles. Pero si hay un factor que atraviesa todos los demás, es el aislamiento. Llegar a muchas de estas comunidades implica horas de camino por trochas estrechas, resbalosas, inestables. No hay vías formales, no hay transporte regular, no hay presencia institucional permanente. Ese aislamiento no solo dificulta el acceso a servicios básicos; también limita cualquier intento de control ambiental. “Si aquí tumban cien árboles, nadie se entera”, dice María Lenis, candidata a presidenta de la JAC de Puerto López que ha intentado, sin éxito, organizar procesos comunitarios de conservación.
En ese vacío, han comenzado a aparecer nuevas formas de ocupación del territorio. Parcelaciones informales, compra y venta de tierras sin regulación clara, expansión de asentamientos en zonas ambientalmente sensibles. La montaña se fragmenta no solo ecológicamente, sino también socialmente. Y con la fragmentación llega otro problema: la pérdida de memoria. Los mayores recuerdan con precisión los nombres de las quebradas, las rutas de los animales, los tiempos de siembra. Ese conocimiento, transmitido durante generaciones, comienza a diluirse. Los jóvenes, en cambio, crecen en un contexto distinto. Muchos no conocen la montaña que existía antes. Para ellos, el paisaje actual –con claros, suelos erosionados, escasez de agua– es la normalidad. La referencia de abundancia se pierde, y con ella la posibilidad de imaginar otra forma de habitar el territorio. “Si uno no conoció cómo era antes, no sabe qué está perdiendo”, dice una lideresa. Esa frase resume una de las amenazas más profundas: la naturalización del deterioro.
A pesar de todo, hay intentos de resistencia. Pequeños, dispersos, muchas veces invisibles. Comunidades que acuerdan no talar ciertos sectores, familias que protegen nacederos de agua, líderes que insisten en prácticas más sostenibles. Son esfuerzos que nacen desde abajo, sin apoyo suficiente, pero con una convicción clara: si la montaña se pierde, todo lo demás se pierde con ella. En ese contexto, la discusión sobre reconocer a la naturaleza como sujeto de derechos adquiere otra dimensión. La experiencia del río Atrato, reconocida por la Corte Constitucional como sujeto de derechos, demostró que es posible pensar en modelos de protección más integrales. ¿Podría la Serranía del Perijá ser reconocida de la misma manera? Por ahora, esas preguntas no tienen respuesta.
Lo que sí es evidente es que la montaña está en un punto crítico. La suma de factores –deforestación, minería, expansión agrícola, cacería, escasez hídrica, abandono estatal– configura un escenario que, de no cambiar, podría volverse irreversible. No se trata de un colapso inmediato, espectacular. Es algo más silencioso, más persistente. Una degradación que avanza mientras la vida cotidiana intenta adaptarse.
Al anochecer, cuando la temperatura desciende y la neblina vuelve a cubrir las laderas, la Serranía del Perijá recupera por momentos su apariencia intacta. Desde la distancia, el verde parece continuo, la montaña parece firme, eterna. Pero basta acercarse un poco más para entender que esa imagen es engañosa. Debajo de esa capa de neblina, la tierra se está agotando. Los huecos quedan ahí, abiertos, silenciosos, invisibles desde la distancia. Parecen dormidos, pero no lo están. Son la evidencia de una transformación que avanza sin pausa. Y también, si se mira con suficiente atención, son una advertencia. El tiempo para escucharla no es infinito.
Imágenes:

Imagen satelital de la Serranía del Perijá en zona de frontera. Del lado colombiano se evidencia un marcado desgaste del territorio, asociado a actividades como la minería, la agricultura extensiva, las quemas y la expansión de asentamientos humanos; en contraste, del lado venezolano se observa una cobertura vegetal más continua y conservada.



Fragmentos de roca extraídos de una mina informal de cobre, evidencia material de la explotación artesanal que persiste en zonas rurales de la Serranía del Perijá.

Foco de quema en ladera montañosa asociado a prácticas de roza y quema para uso agrícola, una de las principales causas de pérdida de cobertura vegetal en la Serranía del Perijá. Vereda Las Colonias.

Agua recolectada de lluvia, vereda Las Bendiciones, Serranía del Perijá.

Cauce seco en zona de montaña de la Serranía del Perijá. Donde antes corría el agua, hoy quedan piedras expuestas, reflejo de la presión sobre las fuentes hídricas.

Red improvisada de mangueras instalada en zona boscosa para extracción de agua, una práctica asociada a actividades informales que altera el flujo natural de las quebradas.

Guartinaja (Cuniculus paca) cazada en la Serranía del Perijá. Aunque la especie aún no está catalogada globalmente en peligro de extinción, la presión por cacería y la pérdida de hábitat están reduciendo sus poblaciones locales, al punto de desaparecer en varias zonas donde antes era abundante.

Lo que hoy parece un claro en la montaña fue, hasta hace poco, una mina de barita en la vereda Las Colonias (Fonseca). En cuestión de meses, la explotación dejó un socavón de más de 50 metros de profundidad, alterando de forma irreversible la estructura del terreno.

Área intervenida por minería de barita en la vereda Las Colonias. La explotación, de corta duración, generó un socavón con profundidades entre 53,60 y 64,34 metros y una extensión aproximada de 128,26 metros de ancho por 71,85 de largo.

Foto proveída por la fiscalía general de la Nación con fines periodísticos.



