La inauguración de una escuela comunal en Guaviare que terminó bajo la sombra de helicópteros militares
CP /Escuela de Formación de Guardias Ambientales Campesinas/Ascatragua 03-04-26
Comunidades exigen investigación por maniobras militares que aterrorizaron a niños y ancianos mientras celebraban un sueño colectivo.

Escuela Semillas de Esperanza. Angoleta. Guaviare
El sol del 14 de febrero alumbró un sueño largamente acariciado en la vereda Angoleta, en San José del Guaviare. Ese día, y al siguiente, la comunidad no solo inauguró una escuela: celebró la prueba viva de que la unidad puede más que el abandono.
Pared levantada tras pared, techo tras techo, hombres, mujeres, jóvenes y niños trabajaron hombro a hombro. La Guardia Campesina Ambiental acompañó cada jornada, y el motor fue la convicción colectiva de que la educación es el camino “de transformación y dignidad”. No hubo contratistas ni promesas oficiales; sólo calles embarradas, herramientas prestadas y la certeza de que el futuro se construye con las propias manos.
Hoy, las aulas de Angoleta son algo más que ladrillos. Son el testimonio de un pueblo que se niega a esperar. Y en sus sillas, los niños —de semilla de Esperanza— ya no tendrán que ir lejos para aprender.
Todo estaba preparado. Los niños correteaban entre las aulas que ellos mismos ayudaron a levantar. Los adultos, orgullosos, observaban el esfuerzo comunitario para tener, al fin, una escuela propia. Era la tarde del domingo 15 de febrero en la vereda Angoleta, a orillas del río Guayabero en el departamento del Guaviare, y la fiesta era el símbolo de acciones construidas con sus manos.
Minutos después del inicio de la inauguración, el rugir de motores partió la tarde en dos. Dos helicópteros del Ejército Nacional aparecieron sobre la copa de los árboles, volando tan bajo que los techos de las viviendas parecían a punto de ser arrancados. Vecinos de Angoleta, Puerto Cachicamo y Puerto Nuevo describen la misma escena: aeronaves negras suspendidas a apenas 20 o 30 metros del suelo, y desde sus compuertas, militares armados con fusiles y metralletas apuntando directamente hacia la población.
El festejo que se convirtió en encierro
La escuela de Angoleta no era un regalo del Estado, sino una conquista colectiva. Durante meses, hombres y mujeres de la vereda cargaron madera, levantaron paredes y gestionaron recursos para que sus hijos no tuvieran que desplazarse horas para estudiar.
Sin embargo, la llegada de los helicópteros transformó la celebración en una escena de encierro. Las familias buscaron refugio bajo los techos, mientras una de las aeronaves se mantenía estática en el aire, desafiando la gravedad, apuntando. La otra sobrevolaba en círculos las veredas vecinas.
"Nos recordó otras épocas. Épocas en las que los mismos helicópteros venían a dejar pruebas, a sembrar un fusil al lado de un campesino muerto para mostrarlo como un guerrillero abatido", denuncia la Fundación DHRIMA en comunicado público.
El fantasma de los falsos positivos
En el centro poblado de Puerto Nuevo, las maniobras fueron aún más inquietantes. Testigos aseguran que los helicópteros se detuvieron en el aire durante 15 a 25 segundos y, al reanudar el vuelo, dejaron ver lazos colgando desde el interior. Para las comunidades, la señal es clara: o descendió una persona o se arrojaron objetos.
"Eso es lo que hacían antes. Tiraban un arma o un paquete de droga, luego regresaban, detenían al campesino y lo presentaban como un gran golpe. ¿Cuántos de nuestros compañeros están presos por eso?", cuestionan.
Las organizaciones denunciantes —DHRIMA, ASCATRAGUA y la Fundación por la Defensa de los Derechos Humanos DHOC— insisten en que en la zona no hay campamentos de grupos armados, ni cultivos ilícitos, ni deforestación reciente. "Es un territorio de paz, de campesinos trabajando", afirman.
La denuncia, fue presentada ante más de quince entidades nacionales e internacionales —entre ellas la ONU, la MAPP/OEA, la Defensoría del Pueblo y el Comité Internacional de la Cruz Roja.


